La Cucarachita Martina y lo poco que vale el dinero en Cucarachilandia

Artículo aún no terminado. Primera versión.

Autor: MSc. Lic. José Luis Montes de Oca Montano

La cucarachita Martina es una damita hacendosa, ella le dedica todo el tiempo que puede a su

Cuacarachita Martina

Cuacarachita Martina

humilde vivienda, su hogar siempre se encuentra limpio y ordenadito. La cucara dice que ella puede ser pobre, pero nunca será desaseada; limpia hasta de espíritu es esa noble Martina, maestra de profesión y de naturaleza inquisitiva, de esas que no paran de hacerse preguntas sobre la naturaleza de las cosas.

Un buen día Martina se encontró, limpiando el portal de su casita, nada más y nada menos que un billete de cien cucadólares, mucho más valioso que cualquier billete en cupesos, la moneda corriente de su amada cucarachilandia.

La pobre Martina (cuquita, para sus amigos) hizo hasta lo imposible por determinar a quién pertenecía este pequeño tesoro, pues la cucaracha que lo perdió de seguro daría hasta sus antenas por encontrarlo.

De nada le valió preguntarle a sus vecinos si habían perdido recientemente algún dinero, solo recibió caras de extrañeza y negativas por respuesta, después de todo, ¿quién devuelve el dinero que se encuentra?, mucho menos si se trata de cucadólares, esos sí que no los devuelve nadie, al menos eso creían sus vecinos más cercanos.

Cuquita se conformó con la idea de que podía hacer suya esa cantidad, aunque excedía por mucho su salario de un mes entero, pagado en cupesos. Pero eran tantas sus necesidades aplazadas; esas que se colocaban a la espera del salario del próximo mes, y del próximo, y del de más arriba. Eran tantas las reformas que no se había atrevido a iniciar en su vivienda, los electrodomésticos que necesitaban una reparación; algunos una pieza nueva, otros un milagro para seguir funcionando…

Martina se decidió a cambiar ese dinero “caído del cielo” por algunas soluciones para sus más antiguos dilemas, se vistió bien bonita, colocó sus 100 cucadólares dentro de su siempre vacía carterita y partió en dirección de esas tiendas que solo en contadas ocasiones visitaba, pues en ellas había que pagarlo todo en esa rara moneda en la que a ella no le pagaban.

Primero pensó que lo mejor era comprarse una ollita arrocera nueva, la suya ya ha sido mil veces

Olla arrocera

La ollita arrocera que quería comprar Martina

reparada y cada nueva reparación ha costado más que la anterior, pues ha tenido que comprarle las piezas a los cucarachones revendedores del barrio; a esos que siempre tienen lo que no hay en el consolidado o lo que las tiendas en cupesos no logran vender.

Mientras se decidía a ejecutar su primera compra, escuchó la voz de una dependienta que la llamaba…

–      Dependienta: Pssst, dime pepilla, ¿que tú quieres?

–      Martina: Estoy buscando una arrocera, chiquitica, de las más baratas.

–      Dependienta: Hayyyyy, niña, eso voló. La vendieron por tongas, los cucarachones se las llevaban por docenas, y el mismo día que la sacaron, se extinguieron. Aquí solo quedan las más grandes, las más caras…

–      Martina: Pero entonces, ¿dónde compro una ollita?

–      Dependienta: No pierdas tiempo, mihija, ve a ver a los cucarachones.

Así fue como, el mismo afán que llevó a Martina al interior de la tienda, la sacó de ella y la indujo a caminar sin rumbo fijo por sus alrededores, en busca de un desagradable cucarachón que le propusiera aquel artículo que tanto necesitaba. El oscuro personaje no tardó en aparecer; lo encontró justo allí en la primera esquina, recostado, fumándose su tabaco, vestido de príncipe y sin tirar un chícharo.

Cucarachón

El Cucarachón

Cucarachón: ¿Qué estás buscando, Martina?

Martina: Una ollita arrocera, de las chiquitas, de las blanquitas, baratas y bonitas.

Cucarachón: Quizá sean blancas y te parezcan bonitas, pero no son baratas, Martinita. Por tratarse de ti, puedo hacer un efuezo. Pero, te advierto que están pecdías las ollitas, a na´ma´me quedan unas poquitas. Si quieres te muetro una y hata te la prueoooooo.

Martinita tuvo que visitar no pocas tiendas y acabó en casa de muchísimos curacachones. Cansada pero “satisfecha” retornó a su vecindario con todas sus compras, haciendo un esfuerzo nada propio de su edad para trasladar la mercancía “adquirida” a su hogar sin contratar medio de transporte alguno que encareciera sus gestiones. LLevó todos sus paquetes a la humilde cocina de su sencilla casita, allí dió riendas sueltas a su cansancio y percibió con intensidad el dolor de sus paticas; mientras miraba los electrodomésticos de los que a partir de ahora disponía, dejó salir un largo y doliente suspiro mientras notaba que aún no podía evitar sentirse como una cucaracha.

Comments

  1. Caramba, me kedé con ganas de seguir leyendo… terminalo pues.

    • Estimado amigo, gracias por tu comentario.

      Ten por seguro que continuaré trabajando en esta idea, lo que has visto es apenas un primer borrador del texto. En cucarachilandia pasan cosas interesantes todos los días, así que menténgase al tanto de todo lo nuevo que acontece en la vida de cuquita.

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